"Cómo moldear a un predicador eficaz" es un escrito que se le entrega a todo alumno que comienza sus estudios en The Master’s Seminary. Escrito por un autor desconocido, representa el corazón y el sentir que todo pastor y predicador debe tener al ejercer el cargo divino de abrir la Palabra de Dios y alimentar a su pueblo.

Métalo a su oficina. Quite el letrero de “oficina” de la puerta y en lugar de ello clave un letrero que diga: “estudio”. Sáquelo de a la lista de correos. Enciérrelo con sus libros y su Biblia. Arrójelo hasta que caiga de rodillas ante un Dios santo y un texto sagrado y corazones rotos y un rebaño superficial. Oblíguelo a ser el único hombre en nuestras comunidades hastiadas que sabe acerca de Dios. Échelo en el cuadrilátero para que boxee con Dios hasta que aprenda lo corto que son sus brazos. Llámelo a que luche con Dios toda la noche y permítale salir hasta que esté magullado y golpeado.

Cierre para siempre su boca de observaciones vanas y detenga para siempre su lengua de tropezar fácilmente sobre cosas que no son esenciales. Requiere de él que tenga algo que decir antes de que se atreva a romper el silencio. Doble sus rodillas en el valle de la soledad. Queme sus ojos con el estudio agotador. Destruya su equilibrio emocional con la necesidad de más de Dios y haga que gaste y sea gastado por completo para la gloria de Dios. Quítele su teléfono celular. Queme sus hojas de éxito eclesiástico. Dele una Biblia y átelo al púlpito. ¡Y demándele que predique la Palabra del Dios vivo! Póngalo a prueba. Hágale preguntas. Examínelo. Humíllelo por su ignorancia de las cosas divinas. Avergüéncelo por su buena comprensión de las finanzas, los promedios de bateo y la política. Ríase de sus esfuerzos frustrados para jugar al psiquiatra. Forme un coro y eleve un canto y demándele de noche y día: "Señor, quisiéramos ver a Jesús."

Cuando por fin se atreva a pararse en el púlpito, pregúntele si tiene una palabra de parte de Dios. Si no la tiene, entonces despídalo. Dígale que prefiere leer el periódico de la mañana y escuchar los comentaristas del televisor, pensar en los problemas superficiales del día y administrar los problemas sin fin de la comunidad, ocuparse de las patatas en el horno y los ejotes, ad infinitum. Prohíbale volver hasta que haya leído y vuelto a leer, escrito y reescrito, hasta que pueda ponerse de pie, desgastado y desamparado, y pueda decir: “Así dice el Señor.” Rómpale todo ámbito de popularidad mal habida. Golpéelo fuertemente con su propio prestigio. Acorrálelo con preguntas acerca de Dios. Cúbralo con exigencias por una sabiduría celestial y no le de ninguna escapatoria hasta que esté contra la pared de la Palabra. Y entones siéntese delante de él y escuche las únicas palabra que le queden, la Palabra de Dios. Permita que esté en completa ignorancia de los chismes de la calle y en lugar de ello dele un capítulo y ordénele que camine alrededor de él, que acampe en él, cene con él, que lo conozca y lo recite al derecho y al revés hasta que todo lo que diga al respecto contenga verdades eternas.

Y cuando se haya quemado por la llama de la Palabra, cuando se haya consumido por la gracia ardiente que corre a través de él y cuando tenga el privilegio de poder traducir la verdad de Dios al hombre, finalmente transferido de la tierra al cielo, entonces cárguenlo con gentileza, haga sonar la trompeta y acuéstenlo suavemente. Coloque una espada de dos filos en su ataúd y eleve la tumba triunfantemente. Pues él fue un soldado valiente de la Palabra. Y él, antes de morir, se convirtió en un hombre de Dios.