Hace algunos años, mi amigo y compañero de ministerio, Corey Williams, escribió un conmovedor artículo en este blog acerca de la necesidad de que los pastores cultiven el arte de escuchar. Como Corey señala acertadamente, los pastores pueden descuidar el escuchar a los demás porque su comprensión del ministerio gira (con toda razón) en torno a hablar: proclamar a Jesús desde el púlpito, interactuar con otros líderes y brindar consejería pastoral. Además de producir convicción en mi propia vida, aquel artículo despertó una reflexión más profunda sobre la necesidad de mantener una actitud de escucha, especialmente para quienes aspiramos al ministerio pastoral o todavía estamos formando los hábitos que caracterizan el liderazgo espiritual.

Escuchar no es simplemente una acción física. Va mucho más allá de abrir los oídos, mantener contacto visual y procesar la información que se recibe. Escuchar bien conduce al entendimiento, a la acción y al crecimiento: a un entendimiento que involucra verdaderamente el corazón y la mente; a una acción que responde apropiadamente a los demás, tanto con palabras como con hechos; y a un crecimiento que reconoce y redime el valor de cada conversación. Esta disposición a escuchar requiere humildad, pero al mismo tiempo la produce. El ministerio de escuchar, por tanto, demuestra que relacionarnos profundamente con los demás trae consigo profundos beneficios espirituales. Al escuchar a otros, Dios nos enseña más acerca de Él mismo, de nosotros, de los demás y del ministerio en sí.

Al comprender tanto la necesidad de cultivar una actitud de escucha como la frecuencia con que la descuidamos, también debemos reconocer las oportunidades de crecimiento espiritual que estamos dejando pasar. ¿A quiénes necesitamos escuchar más y con mayor atención? ¿En qué momentos somos más propensos a hablar, seguir adelante o cerrarnos a los demás cuando, en realidad, deberíamos estar escuchando? A continuación, presentamos tres oportunidades para cultivar el arte de escuchar que, como ministros del evangelio, debemos administrar fielmente.

Escuchar mientras ministramos

Para los pastores, las oportunidades más relevantes para escuchar surgen precisamente en el contexto del ministerio; sin embargo, probablemente son también las oportunidades que con mayor frecuencia dejamos pasar. Estamos demasiado ocupados para escuchar. Estamos ocupados dirigiendo reuniones de líderes, atendiendo sesiones de consejería y discipulando a otros. Por supuesto, no estamos demasiado ocupados para hablar. Hablamos como Dios quiere que hablemos desde el púlpito; hablamos con sabiduría intencional y bíblica a quienes servimos; y, ciertamente, hablamos cuando necesitamos algo del equipo ministerial de la iglesia. Cuando hablamos en el contexto del ministerio, a menudo disfrutamos del saludable y alentador hábito de que otros escuchen con disposición nuestras enseñanzas y consejos. En muchas ocasiones, los miembros de la iglesia desean que hablemos y necesitan nuestra orientación. Sin embargo, en momentos como esos, nuestra inclinación a ministrar activamente a quienes están bajo nuestro cuidado puede impedirnos reconocer que, incluso en situaciones que parecen requerir más nuestras palabras que nuestros oídos, debemos seguir siendo prontos para oír y tardos para hablar (Santiago 1:19).

Mientras ministramos, debemos hacerlo cada vez más con una actitud de escucha. Debemos estar tan dispuestos a recibir sabiduría, orientación o incluso una opinión como lo estamos a ofrecerlas. Una actitud de escucha no solo nos ayudará a ministrar con mayor eficacia y empatía, sino que también nos abrirá a las lecciones espirituales y a las nuevas oportunidades que surgen cuando servimos con un oído atento y un corazón receptivo.


Como consejeros, debemos resistir la tentación de actuar como cirujanos espirituales de urgencia; en su lugar, seamos pacientes en formular buenas preguntas que cultiven la confianza y estrechen los lazos con quienes acuden a nosotros en busca de sabiduría bíblica.


Como líderes, no debemos depender únicamente de nuestras evaluaciones y opiniones preconcebidas; por el contrario, debemos procurar que otros expresen sus ideas y escucharlas hasta el final. Como discipuladores, debemos interesarnos por conocer y escuchar las motivaciones que hay detrás de las decisiones y convicciones de las personas. Debemos estar dispuestos, e incluso deseosos, de que nuestras dudas o nuestros juicios resulten equivocados. Dios está obrando en la vida de aquellos a quienes ministramos, y el cuidado que les brindamos debe estar moldeado por esa dinámica de doble vía que implica escuchar a los demás.

Escuchar la predicación

El ministro escucha muchas predicaciones, pero casi todas son con su propia voz. Como pastores, nos haría mucho bien proponernos escuchar la predicación de otros hombres. Cuando alguien más predica en nuestro lugar, por lo general estamos en otro sitio: descansando, predicando en otra parte o atendiendo alguna otra urgencia del ministerio. Y si nos quedamos en el culto, muchas veces estamos distrayéndonos con el teléfono, pensando en el pasaje que nos toca predicar después, o concentrados en qué comentarios le vamos a dar al predicador para corregirlo. Si escuchamos predicas grabadas durante la semana, casi siempre es pensando en cómo eso nos sirve para nuestros propios sermones. Alimentarnos de la predicación de una manera tan centrada en nosotros mismos puede cerrar nuestros oídos a la Palabra de Dios y, al final, privarnos de la bendición espiritual que viene al escuchar a otros predicar.

Aunque no tengamos muchas oportunidades de escuchar a otros predicar en nuestro ministerio, cuando se dé la ocasión, debemos preparar nuestro corazón para escuchar. Hay que abrirle el corazón a Dios con sinceridad y pedirle que actúe en nosotros a través de su Palabra, exactamente igual a como le pedimos que trabaje en las personas que nos escuchan a nosotros. Probablemente, muchos predicadores con experiencia sintieron por primera vez el deseo de predicar al escuchar las enseñanzas fieles de un mentor o mientras escuchaban sermones en casetes. ¡Qué ganas y qué hambre tenían en ese entonces por escuchar la Palabra! Jamás olvidemos esa actitud: esa forma de escuchar a Dios con intención y oración cuando habla a través de la predicación de otros.

Escuchar en el día a día

Para un pastor o líder ministerial, la vida cotidiana está llena de oportunidades de oro para escuchar. Sin embargo, por estar tan enfocados en nuestro servicio, cometemos el error de desconectarnos de aquello que no consideramos "trabajo de la iglesia". En el peor de los casos, estamos tan ocupados, distraídos o desinteresados que no prestamos verdadera atención a las personas que nos rodean cuando la conversación no trata sobre temas espirituales o del ministerio.


La forma en que escuchamos a los demás cuando nos hablan de cosas que parecen insignificantes es el punto de partida —y el toque extra— que la gente usa para juzgar si los cristianos (y más aún un pastor) son sinceros o unos hipócritas. La manera en que prestamos atención en esos pequeños momentos es lo que construye o destruye la confianza que la gente tiene en nosotros.


Ya sea con nuestras esposas o hijos, el barista del café o la persona que nos atiende en la caja del supermercado, a menudo nos enfocamos en escuchar de verdad solo cuando sentimos que estamos haciendo una 'labor espiritual'. Dejamos apenas las sobras de nuestra atención para esas interacciones del día a día, sin daros cuenta de que Dios podría usarlas para algo grande si tan solo nos dispusiéramos a escuchar.

El "ministerio de escuchar" en nuestro día a día es un detalle pequeño, pero fundamental, para aplicar lo que dice la Biblia sobre "Andad sabiamente para con los de afuera" (Colosenses 4:5). Cuando conversamos con los demás escuchando atentos sus peticiones y respuestas, podemos hacer preguntas inteligentes y oportunas, preocuparnos sinceramente por su bienestar y entender mejor las necesidades de nuestra comunidad. Este tipo de escucha cotidiana es el alimento de las verdaderas amistades en el evangelio; así es como se construyen la confianza, la empatía y las conexiones humanas reales. Para la otra persona, marca toda la diferencia entre ser un trato frío y rápido más, o ver a un testigo atento y afectuoso sobre quien piensen: "este tiene algo diferente". Si abrimos los oídos y el corazón con la gente en el día a día, Dios nos mostrará grandes oportunidades y mucho ánimo en interacciones que parecían comunes y corrientes. Cultivaremos un corazón sensible por quienes no conocen a Dios en una conversación, reconoceremos la obra de Dios transformando vidas en otra, y notaremos necesidades espirituales que antes nos habrían pasado desapercibidas. 

Escuchar Coram Deo 

Aprender a escuchar verdaderamente nace en el corazón. Debemos pedirle a Dios que nos ayude a valorar a los demás como más importantes que nosotros mismos y, por lo tanto, a darle más peso a sus palabras que a las nuestras. Aunque esto pueda sonar algo extraño o contradictorio para quienes tienen la tarea de hablar —como predicar la Palabra a tiempo y fuera de tiempo—, vale totalmente la pena el esfuerzo de dedicarnos a escuchar a los demás con mayor atención, constancia y generosidad.

 

[Editor's note: This article was originally published in November 2021 and has been updated.]