Psalm 23:6

Leer un pasaje tan conocido como el Salmo 23 trae consigo tanto una alegría como un peligro. Por un lado, es un deleite leer capítulos que nos sabemos casi de memoria; hay consuelo en lo que nos es familiar. Son versículos que hemos escuchado en muchos sermones, que hemos memorizado y hasta cantado. Como creyentes, sentimos una conexión especial con otros que atesoran estas mismas palabras.

Sin embargo, el peligro está en que esa misma confianza nos puede hacer perder de vista su impacto. Cuando algo se nos hace tan común, corremos el riesgo de no profundizar lo suficiente para encontrar verdades frescas. ¡Nunca pienses que la Palabra de Dios tiene un límite para bendecirte!

 Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán 

¡Esta pequeña frase contiene una promesa gigante! Aquí reside la esperanza diaria de todo creyente. La primera palabra merece atención: Ciertamente. Nos asegura que lo que viene después es una garantía total; no hay duda de que se cumplirá. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán.

Si la vida no ha salido como esperabas, la decepción puede carcomer tu seguridad si dejas que se acumule. Incluso podríamos llegar a dudar si las promesas de Dios son reales o si aguantarán el peso de nuestras luchas personales. Pero la Biblia dice que es seguro.


El bien y la misericordia se unen para garantizarnos esperanza hoy.


Nuestro Pastor nos da bondad y nos da misericordia. ¿Cómo? Lo más importante es que perdona nuestros pecados cuando los confesamos. Esto no es cualquier cosa, aunque a veces lo demos por sentado. Por la gracia de Dios, podemos vivir bajo su perdón. Como dice Lamentaciones, su misericordia se renueva cada mañana, y nosotros respondemos a eso adorándole cada día. Cada día es una oportunidad para cantarle al Señor una nueva canción por su gran fidelidad.

Pero no solo se nos prometen gracia y misericordia, sino que, por la voluntad de nuestro Pastor, ellas nos siguen. En el lenguaje original del Salmo 23, la palabra seguir significa perseguir. Es una búsqueda activa. Su misericordia es algo de lo que no podemos escapar, a pesar de nuestros fallos. No podemos quitárnosla de encima ni perderla; nada nos descalifica del amor de nuestro buen Pastor. Esto debería darnos esperanza nueva cada mañana.

Todos los días de mi vida

El Pastor está delante de nosotros, a nuestro lado y detrás de nosotros. Sus ovejas nunca están solas. ¿Te sientes abandonado? Deja que el Salmo 23 te dé seguridad. Él siempre te está protegiendo, defendiendo, cuidando y guiando. Como sus compañeros constantes, nuestras vidas deberían reflejar el amor de nuestro Pastor e inspirar a otros a seguir sus pasos.

Piensa en esto: durante el día, sin importar el clima, el sol siempre está brillando. De noche, mientras dormimos, diríamos que el sol no está, pero por supuesto que sigue ahí. El sol nunca deja de dar luz, aunque a veces no lo podamos ver.

Así pasa con el bien y la misericordia de nuestro Pastor. Su trabajo nunca se detiene, ni cuando duermes ni cuando te levantas. Él siempre está actuando en tu vida, de acuerdo a su voluntad. Puede haber días, semanas o años, como el sol en la noche, donde parece que su obra no se ve. A veces luchamos porque no sentimos la bondad de Dios. ¡Las cosas parecen ir mal! A veces, simplemente no sentimos que Dios sea especialmente misericordioso.

Recuerda que la Biblia nos pide confiar en el Pastor y vivir por fe, no por sentimientos. Caminamos por fe, no por vista. Confía en que, incluso en el valle de sombra de muerte, Él está contigo intercediendo por ti. Dios sigue siendo bueno y misericordioso incluso en las temporadas más difíciles. Lo sabemos porque el cielo nos espera, y el cielo compensará cualquier prueba que intente robarnos el gozo. Las dificultades de la vida nunca invalidan la verdad de que Dios busca a quienes ama. Si mañana no despertaras, estarías en casa con el Señor, disfrutando de algo más grande de lo que podrías imaginar.

Y en la casa de Jehová moraré por largos días

Esperanza… no es la esperanza de tener una mansión o calles de oro, sino la esperanza de estar con alguien. El consuelo final del Salmo 23 es esa esperanza que tenemos los hijos de Dios. En la tierra, nos enfrentamos a la realidad de la sombra de muerte y a los peligros que trae. Los conflictos, la oposición y, a veces, la persecución está por todos lados. Jesús nos advirtió que el mundo lo odió a Él y que, por lo tanto, nos odiaría a nosotros. Pero esto no debería robarnos el gozo, porque cuando un creyente muere, esa esperanza que sostuvo en la tierra por fin se hace realidad. Así que, como dice el versículo cinco, vivimos con esta esperanza cada día y con alegría en el corazón, incluso cuando estamos frente a nuestros enemigos.


Esta esperanza debería producir una paz inexplicable que impulse a otros a desear conocer, amar y confiar en el Pastor.


¿Qué es esta esperanza? Nuestra esperanza está en la promesa de que Cristo recibirá a su pueblo en casa por la eternidad, tal como dijo que lo haría. La seguridad del Salmo 23 no es que nuestro Pastor cuidará de nosotros solo en esta vida. El final de nuestro tiempo en la tierra marca el inicio de nuestra alegría más grande. Estaremos en casa con Él para siempre. «Uno se siente tentado a decirle a David: 'Pero de seguro ya llegaste al final, has hablado de todos los días de tu vida'. ¡Ah, no! ¡No es el final, sino el comienzo! ¡El gran inicio! ¡La gran graduación!»21

La esperanza es algo de lo que dependemos, pero que aún no se ha cumplido por completo. Dios creó el mundo para que su pueblo lo disfrutara; hay belleza y maravilla en todo lo que Él hizo. Sin embargo, como creyentes, sabemos que este no es nuestro destino final. En nuestro corazón, siempre sentiremos ese anhelo por nuestro hogar. Nuestro verdadero hogar, donde habita nuestro Padre. Hoy vivimos rodeados de su bondad y su misericordia, que siempre nos alcanzan, pero nuestra esperanza está puesta en lo que será por toda la eternidad.

La vida no termina solo porque nuestro tiempo en la tierra se acabe. Aquí es donde la promesa del Salmo 23 es más grande de lo que nuestra mente puede imaginar: viviremos en la casa del Señor cuando el viaje de esta vida termine. Las palabras de Juan 14 confirman que el cielo es nuestro hogar, y allí nos reuniremos con quienes están en Cristo para vivir en la casa de Dios. Adoraremos, nos alegraremos y habitaremos en la casa del Señor, siempre bajo su cuidado de Pastor. Esto es lo que hace que el cielo sea el cielo, lo que importa no es qué habrá allí, sino quién estará con nosotros.

Cuando pensamos en el cielo, a veces nos imaginamos calles de oro, reencuentros familiares o conocer a los héroes de la Biblia. Pero lo primero que debería venir a nuestra mente es que nuestro Pastor nos está esperando para darnos la bienvenida a casa, listo para guiarnos con ternura hacia la eternidad y estar con nosotros para siempre. «En la casa del Señor habitaré», dijo David. Es la casa del Señor; Él está allí y yo estaré con Él. Su bondad y su misericordia me han seguido de cerca todos los días de mi vida y, finalmente, cuando dé mi último suspiro y entre al cumplimiento de cada promesa, será entonces cuando me daré cuenta de lo maravilloso que es nuestro Pastor.

Hoy estoy agradecido por mi salvación, pero no tanto como lo estaré cuando vea a mi Señor cara a cara. Amados, lo amaremos más de lo que jamás imaginamos. El día de nuestra muerte estaremos más agradecidos por la cruz que en cualquier otro día de nuestra vida aquí; porque ese día, la verdad se revelará por completo. Hoy vemos de forma borrosa, como por un espejo, pero ese día lo veremos cara a cara. Lo que hace que el cielo sea nuestro hogar es quién está allí; esa es la mejor parte. De todas las personas que se han ido antes y que nos esperan con los brazos abiertos, solo uno dio su vida para que nosotros, que merecíamos la muerte, fuéramos salvos. Solo uno es digno de adoración eterna, y ese es nuestro gran Pastor.

Hablando de la adoración eterna, aunque quizá no lo digamos en voz alta, muchos lo hemos pensado: ¿Será aburrido el cielo? La respuesta es: solo si la gloria de Cristo llegara a disminuir... pero como su gloria es eterna, en resumen, la respuesta es no. Los motivos para alabar y darle gloria a su nombre son inagotables. Todos los días de tu vida, su bondad y su misericordia te siguieron. En la cruz, te alcanzaron. Y en el cielo, te inundarán por completo. Nunca te cansarás de agradecerle, de alabarlo y, simplemente, de estar con el Señor para siempre.

Pero aún no hemos llegado. Es muy importante que no dejemos que nuestro corazón se conforme con las cosas de este mundo, «porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.» (He. 13:14). Este viaje es temporal; el destino es eterno. Como dijo Pablo con tanta seguridad: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos» (Fil. 3:20). Al igual que un soldado que vuelve a casa después de mucho tiempo, soltaremos el equipaje de esta vida y todas sus cargas para correr hacia nuestro Señor.

No nos importará nuestro estatus terrenal, nuestra situación económica ni cualquier otra cosa insignificante que este mundo nos haya ofrecido. Solo nos importará estar con nuestro Creador. En ese momento, finalmente estaremos en casa. Hasta entonces, los creyentes vivimos cada día de nuestra vida con la bondad y la misericordia de Dios siguiéndonos de cerca. Esa es nuestra esperanza para hoy. Pero el cumplimiento total por toda la eternidad será la presencia misma del Salvador. Ciertamente, el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida… y, por si eso fuera poco… en la casa de Jehová moraré por largos días.

Amigos, busquemos consuelo en este salmo de promesa. Todos sabemos que esta vida puede ser una mezcla de alegría y tristeza, de paz y conflicto, de abundancia y necesidad. Pero cada día, para el creyente, el Pastor está cerca. Él tiene un cayado para guiarnos, una vara para corregirnos y un destino seguro. Él nos consuela en los momentos difíciles, ayudándonos a fortalecer nuestra fe, y nos da tiempos de paz y alimento para que podamos disfrutar de su amor. Las ovejas solo tienen una tarea: aprender a depender totalmente del Pastor.

Y un día glorioso, cuando todas las ovejas del Señor estén reunidas a salvo en el cielo, las preguntas darán paso al entendimiento: ¿Por qué fuiste creado? ¿Por qué hubo tanto sufrimiento? ¿Por qué Jesús te redimió y salvó tu alma? ¿Por qué fuiste recibido en el cielo para vivir en su presencia por toda la eternidad? Y con un himno de alabanza que resonará con fuerza, el pueblo de Dios declarará: ¡todo fue por amor a su nombre!