Durante las últimas décadas, el debate sobre el rol de la mujer se ha convertido en uno de los temas más controvertidos dentro del cristianismo evangélico. Lo que en otro tiempo fue una convicción ampliamente compartida, hoy es objeto de constante reinterpretación. La ordenación de mujeres al pastorado y la redefinición de las funciones de hombres y mujeres en la iglesia y el hogar se han convertido en algunos de los principales puntos de debate del cristianismo contemporáneo.
Esta discusión no es un asunto periférico. La manera en que una iglesia entiende la identidad del hombre y de la mujer afecta directamente su interpretación de la creación, la caída, la autoridad de las Escrituras, el matrimonio, la familia y la naturaleza misma de la iglesia. Por esta razón, resulta fundamental desarrollar una comprensión bíblica y sólida de este tema.
En el contexto hispanohablante no abundan las obras académicas y pastorales que aborden esta cuestión de manera exhaustiva. Por ello, la publicación de El rol de la mujer en la iglesia constituye una valiosa contribución para la iglesia de habla hispana. Editada por el Dr. Lucas Alemán, director de Educación en Español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, la obra reúne a diversos eruditos bíblicos que examinan el tema desde perspectivas exegéticas, teológicas y pastorales.
El primer capítulo de la obra, «La mujer en el principio», escrito por el mismo editor, establece el fundamento teológico sobre el que descansa el resto del libro. La presente reseña se centrará en el análisis de este capítulo.
La dignidad de la mujer
Alemán comienza su capítulo estableciendo un fundamento indispensable para toda discusión sobre el rol de la mujer: su dignidad como portadora de la imagen de Dios. El autor observa que la creación del ser humano ocupa un lugar singular dentro del relato de Génesis. Mientras el resto de la creación surge por medio del mandato divino, la formación del hombre y de la mujer recibe una atención especial dentro de la narrativa bíblica (Gn. 1:26–28; 2:7, 21–22). Dios ordenó a la tierra producir seres vivientes (Gn. 1:24), pero Él mismo formó al hombre y creó a la mujer mediante una intervención personal. De esta manera, el relato destaca la singularidad de la humanidad como la única parte de la creación hecha a imagen y semejanza de Dios.
A partir de esta verdad, Alemán argumenta que la mujer posee la misma dignidad y valor que el hombre. Ambos reflejan a su Creador como portadores de la imagen divina. Por lo tanto, cualquier discusión acerca de diferencias funcionales entre hombres y mujeres debe comenzar reconociendo su igualdad en dignidad.
En este contexto, el autor interactúa con propuestas de la teología feminista representadas por la Dra. Aída B. Spencer. Según esta postura, la imagen de Dios se reflejaría plenamente mediante la participación conjunta de hombres y mujeres en funciones de liderazgo. Alemán objeta esta interpretación porque convierte la imagen de Dios en una realidad dependiente de las relaciones humanas, en lugar de reconocerla como una característica inherente a cada individuo. Si la imagen divina dependiera de determinadas relaciones, dejaría de ser una cualidad intrínseca de la persona. La imagen de Dios pertenece a todos los seres humanos por el simple hecho de ser humanos, independientemente de su estado civil, sexo o circunstancias personales.
La diferencia de la mujer
Después de establecer la igualdad de dignidad entre el hombre y la mujer, Alemán aborda la cuestión de sus diferencias funcionales. Su tesis es clara: igualdad en valor no implica igualdad de funciones. Aunque ambos fueron creados a imagen de Dios, fueron diseñados para cumplir responsabilidades complementarias dentro del propósito divino para el matrimonio, la familia y la iglesia.
El autor fundamenta esta afirmación en Génesis 2:18, donde aparece por primera vez una interrupción en la evaluación positiva de la creación. Después de declarar repetidamente que Su obra era buena, Dios afirma que «no es bueno que el hombre esté solo». La soledad de Adán revelaba una necesidad que ninguna criatura podía satisfacer, pues el hombre no podía cumplir por sí solo el propósito que Dios había establecido para la humanidad (Gn. 1:28; 2:18). Por esta razón, Dios creó a la mujer como una «ayuda idónea», expresión que ocupa un lugar central en la discusión contemporánea sobre el rol femenino.
Alemán destaca que el término «ayuda» no posee ninguna connotación de inferioridad. De hecho, aparece dieciocho veces en el Antiguo Testamento y, en trece de ellas, se utiliza para describir la ayuda que Dios brinda a Su pueblo. Por tanto, interpretar esta función como algo degradante supone ignorar el uso bíblico del término. Más bien, la expresión resalta la insuficiencia del hombre para cumplir por sí solo el mandato divino. En palabras del autor: «Así como Dios se presenta en el Antiguo Testamento como la ayuda de su pueblo, el rol de la mujer consiste fundamentalmente en ayudar al hombre. No hay ningún rastro de inferioridad en la mujer. Por el contrario, esta palabra subraya la naturaleza incompleta del hombre para hacer lo que Dios le había mandado»1.
En esta sección, Alemán también responde a la objeción de Spencer, quien sostiene que «ayuda idónea» no puede implicar una función de subordinación, pues eso llevaría a concluir que Dios mismo está subordinado a los seres humanos cuando es descrito como su ayuda. Para Alemán, esta objeción parte de una premisa equivocada: asumir que toda subordinación funcional implica inferioridad. A su juicio, este es uno de los errores fundamentales del igualitarismo contemporáneo.
El autor responde señalando que la subordinación funcional no implica inferioridad ontológica. Así como el Hijo, siendo verdadero Dios y verdadero hombre en Su encarnación, se sometió voluntariamente al Padre sin perder Su plena dignidad y gloria, también pueden existir diferencias de función sin que ello implique diferencias de valor. Desde esta perspectiva, la complementariedad entre hombre y mujer no es una estructura opresiva impuesta por la cultura o el pecado, sino parte del diseño original de Dios.
Por esta razón, Alemán rechaza la idea de que la distinción de roles sea consecuencia de la caída. Al contrario, sostiene que forma parte del orden perfecto establecido por Dios desde la creación. Cuando el hombre y la mujer viven conforme a ese diseño, sus diferencias no producen conflicto, sino armonía y bendición mutua. Como concluye el autor: «Dios ha creado roles distintos para ambos sexos de la humanidad, roles que son de mucha bendición para el matrimonio cuando se utilizan de manera correcta. La idea de que el hombre y la mujer están enfrentados en una relación adversa y antagónica a causa de la falta de uniformidad indiferenciada es totalmente ajena al relato de la creación»2.
La distorsión de la mujer
Después de establecer la dignidad de la mujer como portadora de la imagen de Dios y su función dentro del diseño creacional, Alemán dirige su atención a los efectos de la caída. Génesis 3 no redefine el propósito original de Dios para el hombre y la mujer, sino que muestra cómo el pecado distorsionó una relación que originalmente era armoniosa. Lo que en la creación fue descrito como «bueno en gran manera» (Gn. 1:31) quedó afectado por la entrada del pecado, trayendo consigo dolor, conflicto y muerte.
Uno de los aspectos centrales del capítulo es el análisis de Génesis 3:16, particularmente de la expresión «tu deseo será para tu marido». Alemán rechaza las lecturas que interpretan esta declaración como una consecuencia del juicio divino. Para el autor, el contexto inmediato no exige entender el deseo de la mujer como una maldición adicional, sino como una expresión de la misericordia de Dios en medio del juicio.
El argumento del autor depende de la relación entre Génesis 3:15 y 3:16. Aunque el pecado trajo consigo el aumento del dolor en la maternidad, la promesa de la Simiente redentora permaneció intacta. Por lo tanto, el deseo de la mujer hacia su marido debe entenderse en el contexto del matrimonio y de la unión conyugal. Si la Simiente prometida habría de venir por medio de la mujer, entonces Eva tendría que continuar unida a su marido. Si la consecuencia del pecado hubiera sido la ruptura absoluta del deseo conyugal, no habría descendencia; y si no hubiera descendencia, Cristo Jesús, la Simiente prometida, no habría venido al mundo. Por esta razón, Dios no anuló Su propósito para el matrimonio ni abandonó a la humanidad a las consecuencias plenas de su rebelión, sino que preservó el medio por el cual vendría el descendiente prometido que derrotaría a la serpiente.
En este punto, Alemán interactúa nuevamente con Spencer, quien entiende el deseo mencionado en Génesis 3:16 como una referencia al deseo de subordinación de la mujer hacia el hombre. Para Alemán, esta interpretación oscurece el énfasis del pasaje y no toma suficientemente en cuenta el contexto redentor de Génesis 3. El capítulo presenta simultáneamente juicio y gracia: juicio por las consecuencias del pecado y gracia porque Dios preserva Su plan de salvación a pesar de la rebelión humana.
Para sostener su interpretación, el autor examina el uso de la palabra «deseo» en el resto del Antiguo Testamento. El término aparece solamente dos veces más: en Génesis 4:7 y en Cantares 7:10. Estos pasajes demuestran que la palabra «deseo» no se limita a un afán caprichoso de dominio. Además, la proximidad literaria con Génesis 4:7 no basta para determinar el significado de Génesis 3:16; cada pasaje debe interpretarse a la luz de su propio contexto. Así, Alemán sostiene que el deseo de la mujer hacia su marido forma parte de la gracia soberana mediante la cual Dios preserva la unión matrimonial y asegura el cumplimiento de Su promesa redentora.
Por ello, el Dr. Alemán afirma: «Por tanto, el deseo de la mujer es un acto de la gracia soberana de Dios que asegura la venida del conquistador. Ningún dolor de maternidad afectaría la promesa de Dios. La salvación vendría de manera indefectible, porque Dios siempre cumple Su Palabra (Jn. 10:35; Tit. 1:2; He. 6:18). La trágica alteración causada por el pecado no anularía de ningún modo la promesa de salvación. El conquistador vendría a través de una mujer (Gá. 4:4)»3.
Conclusión
El rol de la mujer en la iglesia es una contribución necesaria para la iglesia de habla hispana. Sus páginas ofrecen una exposición bíblica, teológica y pastoral sobre el diseño de Dios para la mujer, así como una respuesta cuidadosa a las interpretaciones que buscan redefinirlo. Las mujeres encontrarán en esta obra una ayuda valiosa para comprender el hermoso propósito de Dios para sus vidas; los hombres, por su parte, recibirán orientación para honrar, servir y fortalecer a las mujeres de la iglesia, procurando nunca convertirse en un obstáculo para que ellas desarrollen fielmente los ministerios y responsabilidades que Dios les ha encomendado.
Referencias
1 Lucas Alemán, El rol de la mujer en la iglesia: Una defensa bíblica del diseño divino frente a la confusión contemporánea (Grand Rapids: Portavoz, 2025), 49.
2 Ibid., 55.
3 Ibid., 67– 68.


